“He pasado los peores momentos de mi vida”. Esta frase pertenece al presidente del grupo Festina-Lotus, una empresa española pionera en el patrocinio deportivo que siempre apostó por el ciclismo, tanto con un equipo profesional como en otras acciones de publicidad institucional y de marca.


El llamado “Caso Festina” acaparó, durante el verano de 1998, las portadas de los principales diarios de información de todo el mundo y, sin excepción, de la llamada prensa deportiva.

Y no sólo en Francia, sino también en otros países donde el ciclismo cuenta con muchos seguidores.



El líder del equipo Richard Virenque, todo un ídolo en Francia y varias vencedor del Premio de la Montaña en el Tour, admitió haberse dopado y fue suspendido nueve meses

La empresa se enfrentó a la peor crisis de su historia como
consecuencia de la eliminación del equipo Festina en el tour de Francia por un asunto de dopaje.



El equipo ciclista Festina dirigiendose a dependencias policiales francesas.

El caso Festina tenía abiertos varios frentes de crisis además del deportivo, ya que se tocaban aspectos judiciales, empresariales,
publicitarios, institucionales y políticos.


No había tiempo que perder, y el objetivo de Festina era intentar equilibrar el efecto negativo que para la marca de relojes y para la empresa podía suponer un escándalo de dimensión internacional, y salvaguardar la historia y prestigio de una marca líder de ventas en Europa.

Abordando la crisis de frente, la empresa optó por una política de transparencia que fue muy bien acogida por la opinión pública.
El grupo deportivo Festina decidió enarbolar la bandera antidopaje y se convirtió en un referente en este campo en todo tipo de instancias.

Se explicaron las acciones que la empresa estaba llevando a cabo ante el caso.

Los medios de comunicación reconocieron el esfuerzo de la empresa y su compromiso con el respeto a las normas de conducta deportiva, y ayudaron a restaurar el daño causado.

Finalmente, la empresa se ahorró los más de 6 millones de euros que estaba dispuesta a gastarse en publicidad para afrontar la crisis, gracias a un exhaustivo programa de comunicación que seguía las recomendaciones del llamado comité de crisis externo que contrató
in extremis, en una situación prácticamente desesperada, ante el aluvión de noticias negativas y adversas.

El presidente de la compañía, Miguel Rodríguez, y todo su equipo directivo, siguieron los consejos del comité de crisis, lo que hizo que la comunicación, tanto interna como externa, fluyera de una forma rápida, positiva y ejemplar.

La crisis se convirtió de este modo en una oportunidad que aprovechó la empresa para salir fortalecida en aquellos mercados donde era líder en ventas: no sólo no desapareció, sino que, seis años después, vende más de tres millones de relojes al año en más de sesenta países y factura 180 millones de euros.

El buen hacer de la compañía se vió recompensado, el equipo se rehizo y en el año 2001 se adjudicó la vuelta a España con Angel Luis Casero al frente.